Viaje al Sistema Solar – I

He viajado durante varios días, cubriendo una distancia de más de 300 años-luz desde una constelación lejana, para visitar el planeta de mis ancestros. Este viaje es casi una tradición en la Federación de Pilotos, y la mayor parte de sus miembros lo han hecho -o piensan hacerlo- en algún momento de sus vidas.

SOL

Tras emerger de mi último salto hiperespacial, llego por fin al Sistema Sol, donde soy amablemente recibido por la estrella que da nombre a este lugar de la galaxia tan especial para nosotros.

El Sol es en realidad una estrella más, entre los cientos de miles de millones de estrellas de la Vía Láctea. Pero para la especie Humana, el antiguamente conocido como Astro Rey es diferente al resto de estrellas.

El Sol, nuestra estrella “natal”

El Sol está clasificado como estrella tipo G2, siendo en su fase actual una enana amarilla. Su edad es de unos 4.600 millones de años, y se estima que dispone de “combustible” para arder otros 6.000 millones de años más. En las fases finales de su vida, se convertirá en una gigante roja que fagocitará los planetas interiores del Sistema: Mercurio, Venus y probablemente a la Tierra también, lo cual acabará definitiva e irremediablemente con la vida en este planeta.

No es algo que nos preocupe demasiado, ya que para entonces la especie humana no sólo habrá abandonado la Tierra tiempo atrás, sino que lo más probable es que haya dejado de existir. Al menos basándonos en nuestro concepto actual de “existencia”. Y es que 6.000 millones de años, son muchos años.

Tras esa fase de gigante roja, el Sol se contraerá sobre sí mismo por efectos de su propia gravedad, convirtiéndose en una enana blanca, comenzando un proceso de enfriamiento de aproximadamente un billón de años. Al final de dicho período, el Sol se apagará definitivamente. Para siempre. Lo que quede del Sistema Solar, quedará sumido en la más absoluta oscuridad.

Triste final para la estrella que hizo posible la vida en la Tierra. Pero así son las cosas.

MERCURIO

Tras aprovechar la proximidad al Sol para acumular algo de combustible, me dirijo hacia el primer planeta del Sistema Solar: Mercurio.

Mercurio

Mercurio es un pequeño planeta rocoso, sin atmósfera y de elevada densidad. Debido a su proximidad al Sol, ha perdido todos los elementos menos pesados quedando un enorme núcleo de hierro en su interior. Como no tiene atmósfera, las diferencias de temperatura entre su día y noche son extremas: 350ºC durante el día, y -170ºC durante la noche.

Podríamos pensar que, dada su proximidad al Sol, Mercurio debería de ser el planeta más “caliente” del Sistema Solar, pero en realidad no es así. Más adelante veremos la razón, cuando nos aproximemos a Venus.

VENUS

Abandonamos la órbita de Mercurio y nos aproximamos ahora al segundo planeta del Sistema: Venus.

Venus es más hinóspito de lo que parece

Un planeta también rocoso, y en esta ocasión con atmósfera. Una atmósfera muy densa: la presión atmosférica es en general unas 90 veces superior a la terrestre. Un humano sobre su superficie, y sin protección adecuada, moriría aplastado de forma instantánea.

Eso ocurriría si el pobre humano no ha muerto derretido antes: Venus es el planeta más “caliente” del Sistema Solar, con unos 464ºC de temperatura en su zona ecuatorial. ¿Por qué Venus es más caliente que Mercurio? Pues por una sencilla razón: debido al efecto invernadero generado por su atmósfera, rica en dióxido de carbono. Por ese mismo efecto, en la zona nocturna, la temperatura tan sólo alcanza los -45ºC, en lugar de los -170ºC de Mercurio.

Otra imagen de Venus

Nos alejamos de este pequeño infierno, para dirigirnos a un planeta muy especial, y completamente diferente a los dos anteriores.

LA TIERRA

El planeta donde empezó todo. Al menos para la especie Humana.

La cuna de la Humanidad

No vamos a dar datos sobre el planeta en esta ocasión, porque siendo la cuna de la Humanidad, todos los habremos estudiado en nuestra infancia. Pero sí comentaremos un dato curioso.

Si algún humano del siglo XXI estuviese viendo las imágenes de este hilo, se habría dado cuenta de que el perfil de los continentes no se corresponde exactamente con lo que él conoce. Es normal: estamos en el año 3.300, y han transcurrido 1.300 años desde la época del siglo XXI. El nivel medio del mar ha cambiado desde entonces, y por ello la “silueta” de los continentes también.

Dado que mis ancestros procedían de una antigua zona conocida como “España”, me dirijo al lugar donde, según la Astropedia, estaba dicho territorio:

Una zona del planeta antiguamente conocida como “España”

Puedo observar que la silueta no coincide exactamente con las fotos de los viejos satélites del siglo XXI. Es algo distinta, incluso parece que el Estrecho que separaba los antiguos continentes de “Europa” y “Africa” ha dejado de existir.

Aunque aquí hay algo que no me cuadra: Se supone que el nivel medio del mar ha aumentado, dado que estamos en una era post-glacial con calentamiento global progresivo (la próxima glaciación no se espera hasta dentro de varios miles de años). Por lo tanto no sólo el antiguo Estrecho debería de seguir existiendo, sino que además debería de ser mayor en extensión.

Dejo esas cuestiones para consultar más adelante a algún experto en la materia, y sigo con mi periplo.

Por algo lo llamaban “planeta azul”

El contraste de este pequeño planeta “azul”, lleno de vida, con los dos anteriores infiernos que he visitado, es abismal. No sé si será por alguna razón sentimental, pero el tono azulado del planeta es precioso e invita a bajar a visitarlo, a diferencia de los yermos de Mercurio y Venus, que no invitaban en absoluto.

En la época actual, la Tierra se ha convertido en zona off-limits para la gran mayoría de humanos. Tan sólo unos pocos privilegiados tienen el poder, riqueza o estatus social suficiente para vivir aquí. No sólo eso, sino que se exige un permiso especial tan sólo para poder visitar el Sistema Solar, permiso que afortunadamente obra en mi poder, y gracias al cual he podido realizar este viaje.

El tono azulado invita a bajar a visitarlo

Tras un par de órbitas alrededor de la Tierra, buscando e identificando lugares que aparecen señalados como “históricos” en la Astropedia, me encuentro de repente con algo muy grande: la primera nave capital que he tenido la ocasión de contemplar de cerca en todo este tiempo como piloto espacial.

Capital Ship

Tras deleitarme con la espectacular silueta de la súper-nave, cambio de rumbo para dirigirme al pequeño satélite natural de la Tierra, conocido desde los tiempos en que la raza humana vivía aún en los árboles.

LA LUNA

El satélite de la Tierra es considerado, a todos los efectos, como el cuerpo celeste que originó -desde tiempos ancestrales- esa extraña fijación del Hombre por el cielo y el universo. Cuando la Humanidad ni siquiera había aprendido a volar, ya soñaba con visitar esa curiosa esfera anclada ahí arriba en la noche.

El satélite natural de la Tierra

La Luna se formó tras una colisión espectacular entre la antigua Tierra y un planetoide denominado Tea (ver “Teoría del Gran Impacto” en la Astropedia). Ambos, la Tierra y Tea, llegaron en un momento dado a compartir órbita y posteriormente colisionar, hace unos 4.500 millones de años. Tras esa colisión, y a lo largo de unos miles de millones de años más, los restos resultantes formaron lo que actualmente conocemos como Tierra y Luna.

Tras algunas maniobras, posiciono la nave para observar algo que probablemente vivieron también mis ancestros del siglo XX en sus primitivas naves: la Luna en primer plano, la Tierra al fondo y el Sol a lo lejos. En 1.000 años, la estampa no habrá cambiado demasiado.

La Luna, la Tierra y el Sol

Y ahora, es el momento de poner rumbo a Marte, donde con toda seguridad le esperará una enorme sorpresa a ese hipotético lector del siglo XXI que estuviese leyendo este diario de viaje…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.